GUÍA DE ARGUMENTOS - LA FALACIA DEL ESPANTAPÁJAROS



La falacia del espantapájaros o del hombre de paja es una falacia muy famosa en nuestros días. Cada cierto tiempo alguien señala que éste o aquél la han cometido. Y, es verdad, es famosa porque es frecuente. Basta escuchar ciertos debates para notar cómo los contendientes tergiversan los argumentos rivales para luego destruirlos. De allí el nombre: se hace del argumento rival un espantapájaros y luego se destruye más fácilmente. En esta entrada intentaré contestar tres preguntas: en qué consiste la falacia, por qué se considera falaz y cómo puede cometerse.

En qué consiste la falacia del espantapájaros

Me parece que una definición de partida bastante clara la dan Johnson y Blair (la tomo de la cita de Walton, 1996: p.116) –la traducción es mía–:

Cuando tergiversas la posición de tu oponente, atribuyes a esa persona un punto de vista con una configuración implausible que puedes demoler fácilmente, y luego procedes a argumentar en contra de dicha versión como si fuera la de tu oponente.

Los puntos clave son (1) se distorsiona o malinterpreta la posición de la otra parte, (2) esa mala interpretación es fácilmente objetable y, (3) de hecho, el que comete la falacia pretende haber objetado exitosamente el argumento original del oponente.

Aunque en líneas generales estoy de acuerdo con esa definición, creo que hay dos puntos que pueden generalizarse un poco más. En primer lugar, se puede tergiversar un argumento para rechazarlo o evaluarlo negativamente, no necesariamente para objetarlo mediante otro argumento. Y, en segundo lugar, muchas veces, quien tergiversa un argumento no es un contra-argumentante en el sentido estricto de la palabra, sino un analista de los argumentos. El analista puro tiene un rol pasivo: se atiene a lo que las partes han dicho en la discusión y evalúa sus correspondientes argumentos, sin atacarlos con nuevos contra-argumentos. Tomando en cuenta esos dos puntos, mi generalización de la falacia del espantapájaros sería la siguiente:

La falacia del espantapájaros se comete cuando:

(1) Se malinterpreta la posición de la otra parte;
(2) esa interpretación hace que el argumento sea fácilmente objetable o evaluable de manera negativa, y
(3) quien malinterpreta pretende que el argumento debe ser evaluado negativamente, sea porque ha sido objetado o sea porque, sin ser directamente objetado, su conclusión es muy débil o sus premisas son inaceptables o irrelevantes.

¿Por qué es falaz distorsionar el argumento del oponente?

En la entrada anterior señalaba que el principio de caridad en la argumentación tiene como contexto natural las discusiones argumentativas: discusiones en las que las partes pretenden resolver un conflicto o diferencia de opinión mediante los mejores argumentos posibles. Es decir, en las discusiones en las que aplica el principio caritativo los interlocutores, más que ganar, buscan cooperar para resolver las diferencias de opinión.

Pues bien, cuando se comete la falacia del espantapájaros se viola el principio de caridad y, con ello, se pone en peligro la resolución de la discusión argumentativa: al distorsionar el argumento del oponente es posible que se esté tergiversando el mejor argumento o que se impida continuar una línea de argumentos que eventualmente hubiera conducido a esos mejores.

Como decía en esa otra entrada, si se supone que en las discusiones argumentativas se busca la verdad, la justicia, lo preferible o el deber ser, entonces el análisis tiene que poner el énfasis en los argumentos de alta calidad. Las partes están obligadas a buscar los mejores argumentos posibles. Al tergiversar los argumentos rivales para hacerlos más débiles no se cumple con dicha obligación.

Cómo puede cometerse la falacia

Como hemos visto en otra entrada, los argumentos pueden ser atacados o evaluados negativamente de tres formas básicas: (1) por la aceptabilidad de alguna de sus premisas; (2) por la relevancia de esas premisas, o (3) por la fundamentación de la conclusión. Quien comete la falacia del espantapájaros puede tergiversar el argumento haciéndolo débil en alguno de esos tres puntos. Veamos un ejemplo de cada uno de estos casos.

En la película Inteligencia Artificial, cuando el creador del niño robot que puede amar presenta su idea, una de sus investigadoras señala algo como lo siguiente:

En estos momentos, en los que hay tanta animadversión contra los robots, e incluso grupos anti-robots, más que la viabilidad de un robot que sea capaz de amar a los humanos, me preocupa si los humanos serán capaces de amar a ese robot. ¿Deberíamos construir un robot así?

Imaginemos varios escenarios en los que se cae en la falacia del espantapájaros al intentar replicar dicho argumento.

(1) Aceptabilidad

Supongamos que alguien de la sala replica el argumento de la investigadora de la siguiente manera:

Bueno, no es verdad que todos los humanos se sientan insatisfechos con los robots. Según la última encuesta, el 40% dice necesitar sus robots en la vida cotidiana.

En este caso se tergiversa el argumento de la investigadora interpretando que lo que quiso decir es que todos los humanos están insatisfechos con los robots –algo que luego se rebate con una encuesta–, cuando ella en realidad se refería a grandes mayorías que sienten animadversión hacia los robots, lo que impediría, en general, sentir amor –y responsabilizarse– por tal tecnología. Esta tergiversación puede verse también como una instancia de la falacia secundum quid, pero eso lo veremos en otra entrada.

(2.1) Relevancia

Ahora imagina que, ante el mismo argumento de la investigadora, alguien le señala:

El hecho de que unos grupitos de desquiciados estén clamando por la destrucción de los robots no es importante para determinar si debemos o no construir un robot que ama.

Nota que el argumento de la investigadora no se centra en los grupitos que claman por destruir todo tipo de robot, sino en una animadversión más generalizada de los humanos hacia tal tecnología. La réplica, al interpretar de manera tan limitada y extrema la premisa de la que parte la investigadora, le resta varios puntos de relevancia con respecto a la conclusión moral sobre si debe construirse un robot que ama.      

(2.2) De hecho, también puede tergiversarse la conclusión para que la premisa real deje de ser relevante. Por ejemplo, si el intérprete señala:

Se equivoca, doctora, la posibilidad de crear una obra técnicamente tan impresionante no depende de la capacidad de amor que puedan recibir de los humanos, eso es irrelevante.

Evidentemente, el analista está tergiversando la conclusión a la que quiere llegar la investigadora. El problema para ella no es técnico, sino moral. El intérprete distorsiona la conclusión (poner en tela de juicio si se debe construir tal robot) para hacerla parecer meramente técnica. Por supuesto, desde el punto de vista técnico es irrelevante el aspecto moral, pero ese no era el punto en discusión.

(3) Fundamentación de la conclusión

Imagina que en el ejemplo anterior el contra-argumentante tergiversa la conclusión a la que quiere llegar la investigadora y replica:

Bueno, señora, déjeme decirle que confío en la capacidad técnica de esta fábrica. Tenemos a los mejores especialistas. Así que no es verdad, como usted deja entrever con su oposición a este proyecto, que no podremos crear ese robot que ama.

El contra-argumentante distorsiona la conclusión a la que quiere llegar la investigadora. En vez de poner sobre la mesa el deber moral de construir el robot, según el contra-argumentante, la investigadora se refiere a la capacidad técnica para construirlo. Luego, el contra-argumentante ataca la conclusión tergiversada mostrando que tienen los mejores especialistas.

¿Qué se puede hacer si tergiversan tu argumento?

Lo primero es partir de la buena fe del rival (aunque eso dependerá del grado de tergiversación y las referencias que trae el rival). En ese caso, lo primero sería aclarar el argumento propio. Por ejemplo, la investigadora puede señalar:

Déjeme aclarar mi punto. ¿Estaría usted de acuerdo en que se puede distinguir entre las capacidades técnicas y lo que moralmente se debe hacer? (Supongamos que la respuesta es sí). Pues bien, mi punto de vista es que, más allá de las capacidades técnicas, es posible que moralmente no debamos construir un robot capaz de amar. La razón por la que cuestiono moralmente esa acción es que considero que la mayoría de los seres humanos no serían recíprocos con el robot, no serían capaces de amarlo, de allí que, plausiblemente, no asumirían responsabilidades morales hacia el robot.

Si después de una o varias aclaratorias tu oponente sigue empeñado en tergiversar tu argumento, entonces tal vez sea mejor pasar a otras instancias, denunciar la falacia o dejar hasta ahí la discusión. Si tienes un auditorio al que quieres convencer –aparte de tu oponente–, las sucesivas aclaratorias pueden servir para hacer mucho más familiar tu punto de vista ante éste (lo que ayuda en la persuasión), y la confiabilidad de tu oponente puede verse afectada si se ha mantenido neciamente en su tergiversación y así lo ha entendido dicho auditorio.

Bibliografía

Walton, D. (1996). The straw man fallacy. Logic and Argumentation.


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QUÉ ES EL PRINCIPIO DE CARIDAD EN LA ARGUMENTACIÓN



En el artículo anterior señalamos que una de las categorías que conforman el principio cooperativo de la argumentación es la categoría de calidad: «el argumentante debe brindar razones con la fuerza suficiente para apoyar su opinión según el contexto». Desde la perspectiva del analista argumentativo, la máxima de calidad implica suponer (mientras nada diga lo contrario) que, entre varias interpretaciones razonables de un argumento, el argumentante tenía en mente alguna de las mejores. De esta suposición es posible extraer una máxima que es llamada principio de caridad en la argumentación:

Entre varias interpretaciones razonables de un argumento, escoge las mejores reconstrucciones posibles

Con «mejor reconstrucción» se quiere decir, en términos generales, aquella interpretación del argumento que lo hace más difícil de rebatir, donde el argumento está mejor fundamentado y con premisas más aceptables y relevantes. Pero nota que el principio solo aplica con respecto a reconstrucciones razonables, es decir, debe haber un filtro previo de lo que plausiblemente quiso decir el argumentante siguiendo los principios conversacionales de Grice. De lo contrario, si damos la mejor interpretación posible del argumento sin tomar en cuenta lo que quiso decir el argumentante, pudiéramos estar construyendo un argumento totalmente nuevo, un argumento ni siquiera pensado por nuestro interlocutor. Por eso, la versión que hemos dado del principio de caridad es moderada

En algunos casos existe más de una buena interpretación de un argumento. Esto puede suceder si el peso relativo de las interpretaciones argumentativas es más o menos la misma, si dichas interpretaciones obtienen su fortaleza de elementos distintos (por ejemplo, una interpretación tiene premisas más aceptables, pero la otra es más relevante) o son fuertes para distintos auditorios. En casos como esos, cuando hay más de una buena interpretación razonable, lo recomendable es tomar en consideración todas las interpretaciones.

¿Por qué debemos cumplir con el principio caritativo?

Para el analista: Recordemos que el principio caritativo debe enmarcarse en el contexto de una discusión argumentativa ideal (la discusión crítica) en la que las partes pretenden resolver un conflicto de opinión por vía de los mejores argumentos posibles. Esto implica que los interlocutores, más que ganar, buscan cooperar para resolver las diferencias de opinión. Desde ese punto de vista, el analista debe optimizar, dentro de lo razonable, los argumentos de la discusión. De esa manera, el analista que aplica el principio caritativo: (1) evita ser tachado u objetado por llevar a cabo una interpretación sesgada; o que el argumentante señale que el analista está tergiversando su argumento. (2) Se supone que en las discusiones que buscan la verdad, la justicia, lo preferible o el deber ser el análisis tiene que poner el énfasis en los argumentos de alta calidad: las partes intentan conseguir los mejores argumentos posibles.

Para los argumentantes: las razones anteriores también pueden aplicarse para las interpretaciones que hacen las partes del argumento rival en una discusión. Por una parte, si se busca la verdad, la justicia, lo preferible o el deber ser, se supone que para los argumentantes es mejor subir la calidad de argumentos y contra-argumentos; no centrarse en ganar, sino en resolver la diferencia de opinión de manera cooperativa. Pero también hay una razón práctica que el argumentante no debe desatender: centrarse en la mejor interpretación posible de los argumentos rivales ayuda a mejorar los argumentos propios, y es más probable (aunque no siempre es así) que si se puede objetar la mejor interpretación de un argumento, también se pueda objetar una interpretación peor del mismo.

Un «dilema» del principio caritativo: deductivos vs derrotables

Hemos señalado que las mejores interpretaciones de un argumento son las que resultan en un argumento mejor fundamentado, más difícil de rebatir, con premisas más aceptables y relevantes. Sin embargo, es plausible que el analista se consiga con dos interpretaciones que intercambian fortalezas y debilidades. Por ejemplo, los argumentos deductivos tienden a ser más convincentes que los argumentos derrotables (argumentos en los que la conclusión es meramente plausible), pero un argumento derrotable es más difícil de objetar que uno deductivo. Un argumento (deductivo) en el que podamos asegurar que el asesino en serie que ronda el vecindario no está en la fiesta, porque ninguno de los invitados a una fiesta coincide con la descripción física de dicho asesino, hará que nos relajemos y disfrutemos de la fiesta; pero si nos dicen que solo es plausible que no sea uno de los asistentes, probablemente estaremos angustiados toda la noche. Por otra parte, si el argumento «Tito es un ave, por lo tanto, vuela» se interpreta como deductivo, la conclusión debe entenderse como «concluye que, necesariamente, Tito vuela», lo cual es fácilmente rebatible mediante contraejemplos: hay aves que no vuelan, ¿y si Tito resulta ser un avestruz o un pingüino? En cambio, si reconstruimos dicho argumento como meramente plausible (como un argumento derrotable), lo que quiere decir la conclusión es «mientras nada diga lo contrario, concluye que Tito vuela», en ese caso los contraejemplos no son aplicables a esta segunda reconstrucción.

Entonces, ante dos posibles interpretaciones, una deductiva y una derrotable, ¿cuál es preferible?

La respuesta depende del contexto y de las interpretaciones que tenemos a mano. El argumento deductivo fundamenta fuertemente la conclusión, lo que quiere decir que pasa cualquier umbral de exigencia y ningún argumento puede aportar información que refute directamente dicha conclusión (no tiene excepciones). Sin embargo, su debilidad reside en que una de sus premisas (la regla o premisa mayor) es potencialmente rebatible, y como en el mundo cotidiano no hay tantas regularidades absolutas, normalmente es fácil conseguir contraejemplos para dicha regla (por ejemplo, el caso del avestruz o el pingüino son contra-ejemplos de la premisa o regla «todas las aves vuelan»).

En cambio, los argumentos derrotables a veces no pasan ciertos umbrales de exigencia y es posible conseguir argumentos que derroten la conclusión (aceptan excepciones); sin embargo, como la premisa mayor o regla es de mera plausibilidad no es posible rebatirla con contraejemplos, solo con evidencias: no basta con señalar que Tito pudiera ser un avestruz para objetar el argumento «Tito es un ave, por tanto, mientras nada diga lo contrario, Tito vuela», se necesita probar que el ave en cuestión (Tito) es un avestruz.

De allí que, en contextos de discusiones cotidianas, donde lo normal es no contar con toda la información y es imposible hacer cálculos exactos de cada una de las posibilidades, es preferible seguir la siguiente máxima:

Mientras nada diga lo contrario, los argumentos deben ser interpretados como derrotables

Una excepción a esta regla sería la de aquellos contextos en los que se necesita un muy alto grado de certeza, de manera que el umbral que deben pasar los argumentos es tan alto que solo se aceptan argumentos deductivos. En esos casos, si no se conoce un contraejemplo para una interpretación deductiva de un argumento, es preferible interpretarlo como deductivo.

Un ejemplo de esto lo he experimentado en uno de los análisis que he hecho en este blog. En la discusión sobre si es correcto asistir a las elecciones ante un régimen ilegítimo muchos consideran que una razón para no asistir es que con esa acción se relegitima al régimen. Si consideramos ese argumento desde un punto de vista filosófico o lógico-normativo, el umbral de exigencia es mayor, la premisa «el régimen se legitima al asistir a sus elecciones» debe entenderse como una premisa sin excepciones: es suficiente con asistir a las elecciones para que el régimen se legitime. Nota que si aceptamos una premisa como esa, la fuerza de la conclusión es altísima: quien no quiera legitimar a un régimen no debe asistir a sus elecciones, y punto. Pero como mostramos en su momento, ese argumento es más fácil de rebatir si nos atenemos a las reflexiones filosóficas sobre el origen de la legitimidad de los gobiernos.

Por otro lado, la premisa anterior, «el régimen se legitima al asistir a sus elecciones», puede entenderse desde un punto de vista más práctico. En ese caso el grado de exigencia es menor: más que de legitimidad, se refiere a la percepción de legitimidad si se asiste a las elecciones. La premisa lo que señala es que lo más probable es que al asistir a las elecciones el régimen sea percibido como legítimo. Para una premisa como esa no vale objeciones teóricas: más allá de lo que diga este o aquel filósofo sobre cómo se gana la legitimidad, la realidad es que la gente puede percibir como legítimo lo que por principio es ilegítimo. Y tampoco se está diciendo que cada vez que se asiste a las elecciones el régimen se percibe como legítimo, sino que eso sucede con bastante frecuencia. Por supuesto, este argumento es menos convincente que el lógico-normativo, no tiene tanta fuerza como aquél, y traer más información puede debilitar tanto la conclusión que ya no sea sostenible (por ejemplo, se puede mostrar cómo en muchos países con dictaduras se celebraron elecciones que fueron vistas por la población como una forma de protestar contra el régimen, no como un acto normal de la democracia).


Te doy una recomendación final: siempre que puedas, al analizar un argumento, si hay más de una interpretación razonable y fuerte, cúrate en salud: analiza cada una




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EL PRINCIPIO DE COOPERACIÓN EN LA ARGUMENTACIÓN



Hace unas semanas se hizo más o menos viral la siguiente foto del examen de una niña de 7 años:



Como muchos otros que han comentado en las redes, creo que esa respuesta, a tan temprana edad, implica gran inteligencia y creatividad. Pero algo que me pareció interesante es que lo que vemos como una respuesta inteligente en un niño hubiera sido calificado como un intento infortunado de parecerlo para una máquina o un adulto. Si, por ejemplo, alguna inteligencia artificial dotada de algoritmos, no sé, de aprendizaje profundo, nos hubiera lanzado esa respuesta, consideraríamos que ha fallado al captar una regla implícita entre los hablantes. Esa regla tiene nombre: principio de cooperación conversacional (H.P. Grice):

Haga usted su contribución a la conversación, tal y como lo exige, en el estadio en que tenga lugar, el propósito o la dirección del intercambio que usted sostenga

Es decir, una persona, cuando se comunica con otra, solo tiene la obligación de contribuir tanto como se lo exija el contexto para poder ser entendido. No, menos; pero tampoco, más. En el caso en cuestión, la maestra que diseñó el examen ha sido lo suficientemente cooperativa como para ser entendida por los niños: por la dirección de los perritos y por su posición en el papel debemos suponer que todos han salido de la caja.

El principio de cooperación conversacional se puede dividir en (al menos) cuatro categorías: cantidad, calidad, resultado y modo. Veamos sucintamente qué señala cada una:

- Cantidad: Haga usted que su contribución sea tan informativa como sea necesario (pero no, más).
- Calidad: trate que su contribución sea verdadera (sincera, no espuria).
- Relación: vaya usted al grano, que su contribución sea relevante para los fines propuestos.
- Modo: sea perspicuo (no sea oscuro o ambiguo al expresarse, proceda con orden pero no sea innecesariamente prolijo o abundante).

Siendo más específicos, detallar con mucha mayor precisión el dibujo para que se entendiera sin lugar a dudas que los perritos salían de la caja, aparte de un gasto de recursos innecesario, hubiera violado una de las sub-máximas que forma parte la categoría de cantidad:

No haga usted que su contribución resulte más informativa de lo necesario
  
Desde el punto de vista de quien interpreta las proferencias del hablante, pedir más información (o claridad, organización, etc.) de la necesaria para entender el mensaje en el contexto puede llegar a ser una explotación incorrecta del principio de cooperación conversacional: el intérprete obstruye los fines de la comunicación al pedir más de lo necesario a un hablante que ha sido suficientemente cooperativo. Más aún si el intérprete objeta o rechaza el mensaje del hablante cuando el hablante ha actuado como se espera que lo haga en el contexto.

En fin, la creatividad de la niña reside en que ha explotado una máxima que, en situaciones normales, aceptamos implícita y automáticamente; pero esa conducta, en una máquina, implicaría incomprensión del mundo humano, a menos que haya sido una «actitud intencional» con otros objetivos (molestar al humano, jugarle una broma, etc.).

Moraleja hasta aquí: si usted quiere colmar la paciencia de un profesor, explote el principio de cooperación, pídale que aclare alguna de las cosas que ha supuesto siguiendo las máximas conversacionales de Grice.

El principio de cooperación en la argumentación

¿Qué sucede en la argumentación?, ¿se debe cumplir con algo como el principio de cooperación de Grice? Al parecer, sí. Lo llamaremos principio de cooperación argumentativa:

Deben brindarse argumentos suficientemente (pero no más de lo necesario) informativos, claros, sinceros y fuertes para cumplir los fines de la discusión de acuerdo con el contexto en el que ha sido planteada

Y, al igual que en el principio de cooperación conversacional, también quien interpreta, el analista argumentativo, debe cooperar en la comprensión correcta del argumento brindado. Haciendo un poco más concreta esta obligación del analista argumentativo, apliquemos las cuatro categorías del principio de cooperación al caso de los argumentos:

- Cantidad: el argumentante debe dar la información necesaria para entender su argumento, pero no más. Y así debe suponerlo (en principio) el analista. Específicamente, (1.1) se supone que el argumentante pretende generalizar sus premisas hasta donde es razonable (esta suposición a veces es llamada principio de maximización de la información) y (1.2) que si el argumento es incompleto es porque hay una premisa implícita que no era necesario hacer pública en el contexto.

- Calidad: el argumentante debe brindar razones con la fuerza suficiente para apoyar su opinión según el contexto. Y, en principio, esto debe ser supuesto por el analista. Específicamente, (2.1) se supone (prima facie) que el argumentante es racional, de manera que, a menos que haya pruebas en contrario, no ha cometido una falacia u otro tipo de error argumentativo (esta suposición puede ser llamada principio de racionalidad); (2.2) entre varias interpretaciones razonables de un argumento, se supone (prima facie) que el argumentante tenía en mente alguna de las mejores (este principio es llamado principio de caridad).

- Resultado: el argumentante debe brindar argumentos que tengan por objeto resolver la diferencia de opinión que existe en la discusión. El analista supondrá (prima facie) que los argumentos brindados van al grano, es decir, están dirigidos a resolver el conflicto.

- Modo: el argumentante debe ser suficientemente claro, y tan prolijo y abundante como sea necesario según el contexto. El analista debe tomar en cuenta esto, especialmente cuando los argumentos estén meramente sugeridos.      
   
Veamos algunos ejemplos en los que se cumplen (o incumplen) estas máximas.

(1) En una conversación entre conocidos, es claramente comprensible un argumento como «en mi oficina son unos engreídos, siempre están pavoneando sus éxitos». Quien lo profiere deja implícitas algunas cosas, pero un buen intérprete debe entenderlas:

1.1- seguramente no son todos los de la oficina, porque eso lo incluiría a él; lo más plausible es que sea un grupo relativamente numeroso con el que tiene encuentros más o menos frecuentes (maximización informativa y modo);
1.2 - cuando dice «siempre» no quiere decir que sea a cada instante, eso es humanamente imposible, seguramente es más o menos frecuente (calidad y modo);
1.3 - el argumentante deja implícita una premisa evidente: las personas que pavonean sus éxitos son (normalmente) engreídas (cantidad).

(2) En una conversación sobre si mi amigo Juan estará en su casa, señalo «no está, porque llamo a su casa y no contesta». El intérprete debe reconstruir mi argumento de manera que:

2.1- se supone que «llamo a su casa y no contesta» se trata de Juan y su casa (resultado), lo mismo con «no está»;
2.2- no he querido decir que es imposible que Juan esté en su casa, sino que es probable o plausible que no esté (calidad);
2.3- hay una premisa implícita que puede reconstruirse como «si llamas a la casa de alguien y no contesta, entonces es plausible que esa persona no esté en su casa», pero no debe reconstruirse de manera que sea fácilmente rebatible, por ejemplo «necesariamente, cada vez que llamas a la casa de alguien y no contesta es porque esa persona no está en su casa» (información y calidad);
2.4- además, es muy plausible que yo quiera usar esa regla para otros casos, no solo para el caso de Juan, de manera que es preferible maximizar la regla –no solo decir «si llamas a la casa de Juan y no contesta, entonces es plausible que Juan no esté en su casa»– (información).

(3) Ante la expresión «¡apúrate!, ¿o es que quieres llegar tarde a la función?», el analista debe tener en cuenta, entre otras cosas:

3.1- La pregunta es retórica: lo que se quiere decir es que si el oyente no se apura, entonces llegarán tarde a la función (modo, cantidad); 
3.2- llegar tarde a la función es algo malo para el oyente, es una mala consecuencia (información);
3.3- de manera que la expresión es un argumento sugeridoEl analista no puede rechazar el argumento por poco claro (modo).

En resumen, en una discusión crítica, donde se supone que el conflicto de opiniones se desea resolver mediante los mejores argumentos posibles, las partes deben cooperar en la construcción, interpretación y evaluación de los argumentos. Por eso, es necesario seguir un conjunto de máximas análogas a las que conforman el principio de cooperación conversacional de Grice. Quien no cumple con dichas máximas pone en peligro la resolución racional del conflicto.

En los próximos artículos hablaremos sobre dos temas relacionados al principio cooperativo en la argumentación: el principio de caridad (que, como vimos, sería parte de la categoría de calidad del principio cooperativo) y una falacia que explota incorrectamente el principio de cooperación argumentativa: la falacia del espantapájaros (o del hombre de paja). 

Referencia bibliográfica:

H.P. Grice (1991). Lógica y conversación, en La búsqueda del significado. Ed. Tecnos.



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