MINI-GUÍA: CÓMO CONSTRUIR Y ORGANIZAR ARGUMENTOS


En esta entrada te dejaré algunas recomendaciones generales para organizar argumentos con respecto a cualquier tema. Ya sea que estés realizando un trabajo crítico sobre alguna postura, reflexionando sobre algún tema o intentando decidir qué hacer ante cierto problema, es bueno tener a mano algunas indicaciones mínimas para construir argumentos, porque muchas veces la tarea puede volverse abrumadora.

Antes de pasar a las recomendaciones, debemos aceptar una suposición básica: supondremos que el tipo de discusión en la que se pretende argumentar es una discusión racional (o discusión crítica): es una discusión que tiene su origen en una diferencia de opinión que las partes aceptan resolver mediante argumentos. Esa discusión puede darse públicamente o en tu fuero interno (en este caso, tú mismo te pones en la posición de ambas partes, a favor o en contra), siempre que exista un problema que resolver y que se acepte dar los mejores argumentos posibles a favor o en contra de ese problema. Sin más preámbulos, esta es la mini-guía de construcción de argumentos:
   
Paso 1 -  Identifica el tema o problema general que se pretende discutir.

Suponiendo que existe un desacuerdo, analiza si lo que amerita el tema son argumentos. Es posible que el tema sea no argumentativo, por ejemplo, que se pidan las causas de ciertos sucesos o una descripción de algún objeto.

Por ejemplo, un desacuerdo puede ser si debe permitirse, en tu país, la producción de marihuana. Existe el desacuerdo porque hay quien considera que no debe permitirse, y hay quien considera que sí.

Si resulta que el tema amerita argumentos, ve al paso 2.

Paso 2 -  Determina tu posición con respecto al problema.

La posición que tomes con respecto al problema discutido será la conclusión más general que debes defender

Antes de que busques razones en defensa de tu posición, analiza si realmente hay un conflicto con la otra parte. Es posible que, después de todo, al aclarar las posiciones, ambas partes estén de acuerdo total o parcialmente. Si el acuerdo es total, seguramente no necesitarán argumentar (a menos que los argumentos se dirijan a reforzar el convencimiento de una audiencia). Si el acuerdo es parcial, dependiendo del tipo de discusión, se puede pasar a otro tipo de actividades discursivas (por ejemplo, negociar los desacuerdos cuando el problema es sobre una acción que hay que llevar a cabo) o centrarse en argumentar con respecto a esos puntos en conflicto.

En el caso de si se debería permitir la producción de marihuana en tu país, pregúntate si estás a favor o en contra. Esa será tu posición. Si la otra parte considera que se debe permitir, pero solo hasta cierta cantidad, y tú consideras que se debe permitir sin límites, entonces el desacuerdo es parcial. Si, en cambio, tú crees que se debe permitir y la otra parte considera que no, el desacuerdo es total.

Si aún necesitas argumentar, ve al paso 3.

Paso 3 - ¿Por qué tomas esa posición respecto al problema? Es decir, determina tus principales razones.

Sé responsable: investiga y cita las fuentes de las que tomas tus razones. Sé cuidadoso: analiza si tus razones realmente apoyan la posición a la que quieres llegar; no caigas en una falacia de irrelevancia (que tus premisas no sean relevantes o sean muy débiles para defender la conclusión).

Por ejemplo, ¿por qué estás a favor (o en contra) de permitir la producción de marihuana en tu país? ¿Cuáles son tus razones? ¿Cuáles son los datos, pruebas, evidencias que apoyan tu posición?

Dirígete al paso 4.

Paso 4 - Arma tu argumento uniendo las partes mediante algún marcador o identificador argumentativo (más abajo te muestro algunos*), de manera que sea fácil para los oyentes identificar tu punto de vista y tus razones.

Aunque en algunos casos la ambigüedad puede jugar a tu favor, también puede jugar en tu contra, pues tal vez los demás malinterpreten tu punto de vista o no le den la importancia que se merece por culpa de que tus argumentos son confusos. Pero, más aún, recuerda que en las discusiones críticas lo importante es la resolución del conflicto con los mejores argumentos, así que no es una estrategia éticamente correcta intentar confundir a tu oponente o a la audiencia.

Una manera de articular tus argumentos mediante marcadores es la siguiente: toma tu posición, supongamos que es «no debe legalizarse la producción de marihuana», agrégale un marcador «no debe legalizarse la producción de marihuana, porque ________ (razón)» o «por cuanto ___________ (razón), concluyo que no debe legalizarse la producción de marihuana».

*Algunos marcadores: porque, por lo tanto, pues, en conclusión. Date cuenta de que algunos van antes de la premisa/razón y otros van antes de la conclusión («porque» y «pues» van antes de una premisa o razón, «por lo tanto» y «en conclusión» van antes de la conclusión).

Sigue al paso 5.

Paso 5 - Pregúntate si alguna de las razones que apoyan tu conclusión ha sido cuestionada o no es aceptada por la otra parte, o, al menos, pudiera ser cuestionada por la otra parte o no ser aceptada por la audiencia a la que te diriges.

Si la respuesta es afirmativa, hay un posible sub-problema que se debe resolver. En tal caso, debes dar razones en defensa de tu premisa, de manera que estás armando un sub-argumento (un argumento que apoya a tu primer argumento). Para armar tu sub-argumento es conveniente volver al punto 2.

Por ejemplo, si tu argumento es «no debe legalizarse la producción de marihuana, porque aumentará el delito», es muy probable que tu potencial contraparte ponga en tela de juicio que la producción de marihuana aumente el delito. Adelantándote a su posible cuestionamiento de tu premisa, deberías buscar datos que muestren que esa premisa está bien fundamentada. Si encuentras esos datos (supongamos, una investigación de la Universidad X), puedes formar un sub-argumento «dada la investigación de la Universidad X, concluyo que la producción de marihuana aumenta el delito».

Si la respuesta es negativa, sigue al paso 6.

Paso 6 - ¿Tienes varias razones paralelas que apoyan la misma conclusión?

Si la respuesta es negativa, sigue al paso 7.

Si la respuesta es afirmativa, por cada razón puedes llevar a cabo los puntos de 2 a 5. Sin embargo, es importante organizar todas las razones de manera clara. Para lograr tal organización, una vez construidos cada argumento a favor de la misma conclusión, agrega expresiones como «además», «otra razón», «en primer lugar…en segundo lugar…», «aunado».

Por ejemplo: supongamos que tienes las razones 1 y 2 (cualesquiera que sean) en apoyo de «no debe legalizarse la producción de marihuana», y has armado los argumentos «no debe legalizarse la producción de marihuana, porque razón 1» y «por cuanto razón 2, concluyo que no debe legalizarse la producción de marihuana». En ese caso, puedes agregar la frase «aunado» de la siguiente manera:

«Por cuanto razón 2, concluyo que no debe legalizarse la producción de marihuana. Aunado a lo anterior, no debe legalizarse la producción de marihuana, porque razón 1».

También puedes abreviar un poco más si lo organizas de esta manera con «además»:

«Por cuanto razón 2, concluyo que no debe legalizarse la producción de marihuana. Además de razón 1». 
Usando «otra razón» quedará así:

«No debe legalizarse la producción de marihuana, porque razón 1. Otra razón por la que no debe legalizarse la producción de marihuana es razón 2».

Mi manera preferida de organizar varias razones es enumerándolas:

«No debe legalizarse la producción de marihuana por las siguientes razones: en primer lugar, porque razón 1; en segundo lugar, por cuanto razón 2».

Al finalizar con la organización de las razones paralelas, ve al paso 7.


Paso 7 - Felicitaciones, ya debes haber armado tus argumentos bien organizados, puedes terminar aquí si no faltan problemas que discutir ni razones que articular.


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GUÍA DE ARGUMENTOS - ARGUMENTO POR PERTENENCIA A UN GRUPO


El argumento por pertenencia a un grupo es un tipo de argumento ad populum. En este tipo de argumentos una persona es persuadida de creer o actuar de cierta manera porque el grupo al que pertenece, o con el que se identifica, cree o actúa de esa manera.

Esquemas básicos:

- Para justificar que algo es verdadero:

Premisa 1: Yo pertenezco (o me identifico, simpatizo) con el grupo X
Premisa 2: En el grupo X creen que es verdad A
Conclusión: (plausiblemente) es verdad A

- Para justificar hacer algo:

Premisa 1: yo pertenezco (o me identifico, simpatizo) con el grupo X
Premisa 2: en el grupo X hacen A
Conclusión: haré A

Determinar si un argumento por apelación a la pertenencia a un grupo es falaz o legítimo depende de si pasa las preguntas críticas (si no pasa alguna de las preguntas, es falaz), especialmente, las de relevancia y buena fundamentación (grupos 2 y 3).

Preguntas críticas (evaluación argumentativa):

(1) ¿Son aceptables las premisas? Específicamente:
(1.1) ¿Es aceptable afirmar que en el grupo X creen o hacen A? Y, si es así:
(1.1) ¿Todos (la mayoría, los líderes) los del grupo creen o hacen A?

(2) ¿Es relevante, en este caso, la opinión o acciones del grupo X? Específicamente:
(2.1) ¿No habrá algún tipo de criterios objetivos para evaluar si es verdad A o si debemos hacer A? Y, si existen esos criterios:
(2.2) ¿El grupo X ha formado su opinión tomando en cuenta esos criterios objetivos? O, por lo menos:
(2.3) ¿El grupo X está en posición privilegiada de conocer si han tenido lugar los criterios objetivos de A?

(3) ¿Está bien fundamentada la conclusión? Específicamente:
(3.1) ¿No habrá razones de peso en contra de la opinión del grupo X?
(3.2) ¿Es suficiente la opinión del grupo X para convencerte de A? ¿No será preferible (y posible) omitir una opinión por los momentos?

Ejemplos y reflexiones en el blog:


- No todo ad populum es falaz: ¿cuándo es razonable apelar a lo popular? (aquí)

GUÍA DE ARGUMENTOS – ARGUMENTO POR APELACIÓN A LA MAYORÍA



El argumento por apelación a la mayoría es un tipo de argumento ad populum en el que se concluye que algo es verdadero o falso, o que algo debe realizarse (o no realizarse), porque, en cierto contexto, la mayoría cree o actúa de cierta manera. Este tipo de argumentos no siempre es falaz, puede usarse legítimamente si pasa las preguntas críticas que veremos más abajo.

Esquemas básicos:

- Para justificar que algo es verdadero:

Premisa: la mayoría de los integrantes del grupo X cree que es verdad A
Conclusión: plausiblemente, es verdad A

- Para justificar hacer algo:

Premisa: La mayoría de los X hace A
Conclusión: plausiblemente, debemos hacer A
 
Preguntas críticas (evaluación argumentativa):


(1) ¿Son aceptables las premisas? Específicamente:

(1.1) ¿Realmente la mayoría de los (integrantes del grupo) X cree o hace A?
(1.2) ¿De qué mayoría estamos hablando (todos, 2/3, mitad más uno)?


(2) ¿Es relevante, en este caso, lo que la mayoría opine? Específicamente:

(2.1) ¿No habrá algún tipo de criterios objetivos para evaluar si es verdad A o si debemos hacer A? Si existen esos criterios:
(2.2) ¿La mayoría de X ha formado su opinión tomando en cuenta esos criterios objetivos? O, por lo menos,
(2.3) ¿está la mayoría de X en posición privilegiada de conocer si han tenido lugar los criterios objetivos de A?

(3) ¿Está bien fundamentada la conclusión? Específicamente:

(3.1) ¿No habrá razones de peso en contra de la opinión de la mayoría de X?
(3.2) ¿Es suficiente la opinión de la mayoría de X para convencernos de A? ¿No será preferible (y posible) omitir una opinión por los momentos?

Ejemplos y reflexiones en el blog:

- No todo ad populum es falaz: ¿cuándo es razonable apelar a lo popular? (aquí)

- Mozart vs Salieri - falacia snob vs falacia ad populum (aquí)

DECISIONES, COSTOS PASADOS Y RACIONALIDAD

La he visto tanto que ahora quiero saber qué les ocurrirá

Argumentar que debemos seguir gastando en (o para) algo porque ya hemos gastado demasiado en eso constituye, en los casos básicos, la falacia del costo hundido. Como dijimos en un artículo anterior (aquí), es falaz porque los gastos pasados no hacen más aceptable la decisión de seguir gastando en el futuro. En otras palabras, la premisa del argumento es irrelevante. Si las personas se ven persuadidas a tomar en cuenta los gastos pasados en sus decisiones es, normalmente, porque se sienten comprometidas por el esfuerzo sufrido. Pero, ¿será siempre falaz tomar en cuenta los gastos pasados al decidir qué hacer? En esta entrada plantearé cuatro casos en los que se puede discutir si tomar en cuenta los costos pasados es falaz.

1

Comencemos con el ejemplo con el que terminamos el anterior artículo sobre el costo hundido:

María compra una máquina de ejercicios que cuesta 2.000 dólares. Ella en realidad no quisiera pagar tanto por una máquina. Pero razona que si hace el gasto, entonces eso la obligará a hacer ejercicio, algo que cree que sería bueno para su estado de salud.

Creo que la mayoría de nosotros alguna vez hemos razonado como María. Muchos autores consideran que no es falaz ese razonamiento. Aunque cuando María decide pagar no está tomando en cuenta los gastos pasados, sí piensa que en el futuro tomará en cuenta esos gastos (que son los 2.000 dólares que decide gastar en la actualidad). Entonces, ¿se puede decir que es nuestro primer caso no falaz de argumento del costo hundido? 

Considero que no es así, veamos por qué.

La reflexión que lleva a cabo María es autoepistémica: es una reflexión sobre su propio pensamiento, se trata sobre lo que ella piensa que pensará. Esa reflexión autoepistémica no es falaz. María está trazando una estrategia que sabe, porque se conoce a  sí misma, que en un futuro la persuadirá. Pero eso no quiere decir que cuando, en el futuro, se persuada por el costo pasado no esté cayendo en la falacia del costo hundido. 

La situación es análoga a la siguiente: como sé que le tengo fobia a los tomates cherry y necesito adelgazar cinco kilos, le pido a un familiar que llene mi nevera de dichos tomatitos para que, en el futuro, cuando piense abrir la nevera para comer algo recuerde los tomates cherry, entre en pánico y me aleje de la tentación. En este caso, la estrategia que he trazado es racional, pero mi reacción ante los tomates cherry y mi decisión de evitar la nevera en el futuro es irracional, producto de una fobia. Volviendo al ejemplo de María, llegado el momento en el que tenga que decidir si es preferible usar la máquina de ejercicios, si su decisión se basa simplemente en todo lo que gastó en la máquina, estará cayendo en la falacia del costo hundido, tal como pensó que sucedería la María del pasado.

2

Hay casos en los que el gasto pasado incide en el conocimiento de nuestros objetivos futuros. En tales casos, la decisión sobre los gastos futuros con el fin de alcanzar cierto objetivo depende de los gastos pasados. Pongamos un ejemplo de juguete: imagina que un robot está en el extremo de un túnel absolutamente oscuro que tiene diez metros de largo. Imaginemos que el robot tiene como objetivo salir del túnel. En el otro extremo del túnel hay una salida. A lo largo del túnel hay conexiones con otros túneles, solo algunos tienen salida. Mira el gráfico.



Supongamos que el robot sabe la longitud del túnel en el que se encuentra pero no puede ver la salida. El robot comienza a transitar dicho túnel. Después de cierto tiempo, t1, el robot se detiene para decidir si debe seguir gastando energía en transitar por el mismo túnel o es preferible tomar un túnel alternativo. Para decidir esto el robot debe determinar qué tan lejos está la salida del túnel donde se encuentra, pero como no puede ver nada, recurre al gasto pasado: dado que ha gastado una cantidad de energía G1 en el tiempo t1, puede determinar que tendrá que gastar una cantidad de energía G2 en el futuro con el fin de salir del túnel. 



Su argumento puede esquematizarse de la siguiente manera:

Premisa 1.1: he tenido el gasto G1 en el pasado
Premisa 1: por tanto, me falta gastar G2 en el futuro
Conclusión: por tanto, decido (no) gastar G2 para conseguir X

La premisa 1.1 conduce a la premisa 1, y esta última conduce a la conclusión. Como notarás del esquema, no estamos ante el caso básico de argumento (falaz) del costo hundido. Sin embargo, como el conocimiento sobre lo que falta por gastar depende de los recursos ya gastados, la decisión depende de los costos pasados.           

3

En algunos casos el gasto pasado incide directamente en las metas futuras. El ejemplo más sencillo es el de los trabajadores que reciben un bono de retiro cuyo total depende del tiempo o el trabajo realizado. En ese caso, un trabajador que se plantee renunciar a la empresa o seguir sacrificando su tiempo y energía en ella debería tomar en cuenta los gastos pasados para determinar cuáles serán sus ganancias futuras. Aquí no es lo mismo partir de cero en el momento actual que tomar en cuenta los gastos pasados.

Otro ejemplo en este mismo sentido, pero con resultados más difíciles de cuantificar, es el de un guerrero que sabe que mientras más tiempo y energía gaste en una guerra, mayor será la recompensa que le dará su comunidad cuando dicha guerra culmine. El guerrero pudiera decir, racionalmente, que ha gastado demasiado tiempo y recursos como para renunciar ahora. Por supuesto, en este caso el argumento deja implícito un paso que evidencia que tampoco estamos ante el caso clásico de falacia del costo hundido:

Premisa 1.1: he tenido el gasto G1 en el pasado
Premisa 1: por tanto, en el futuro obtendré X en proporción con G1
Conclusión: por tanto, decido gastar G2 para conseguir X

4

A veces hay razones no utilitarias (maximizar ganancias o minimizar pérdidas) que se acumulan con el paso del tiempo y el gasto de recursos. Los productores de series de televisión lo saben muy bien: comienzas a ver regularmente una serie, con el paso del tiempo te identificas con sus personajes y deseas saber qué les sucederá al final. De manera que cuando la serie comienza a decaer, y te planteas si continuar viéndola, una de las razones que tomas en cuenta es que le has dedicado tanto tiempo que quieres saber qué sucederá con tus personajes favoritos, aunque la serie ya no te emocione como antes.

Nota que en este caso no es que el tiempo transcurrido y los gastos pasados hagan surgir un sentimiento de compromiso. En el caso de María, en el primer ejemplo que pusimos en esta entrada, se puede decir que el gasto que hizo al comprar la máquina de ejercicios ha hecho surgir en ella un compromiso en hacer ejercicio. Pero eso no quiere decir que dicho compromiso sea racional, pues si los gastos pasados son irrelevantes en ese caso, entonces, sentirse comprometido por tales gastos es parte de la falacia. En cambio, cuando surge la necesidad o el deseo de saber qué les pasará a tus personajes favoritos, lo que ha nacido es una nueva razón o un nuevo objetivo independiente para seguir viendo la serie. Viéndolo bien, en este caso el gasto en tiempo y recursos es la causa de nuestra curiosidad por saber qué pasará con los personajes. Esto es importante, porque, a diferencia de los argumentos de costo hundido, la premisa es la curiosidad que tenemos, no, el gasto que hemos hecho. Si lo esquematizamos será mucho más evidente la diferencia:

Premisa 1: deseo saber qué pasará o cómo se desarrollará X 
Conclusión: por tanto, decido gastar G2 para culminar X

La premisa 1 tiene como causa el gasto G1 en el pasado (así como puede tener otras causas), pero ese gasto no es incluido como parte de las razones para llegar a la conclusión. Este tipo de razonamiento está presente en muchos inversionistas, especialmente en aquellos proyectos cuyos resultados son difíciles de cuantificar o son parcialmente incuantificables. El ejemplo que ronda mi cabeza en este momento es el del telescopio espacial James Webb, un telescopio casi tres veces más grande que el Hubble y que promete revolucionar nuestra comprensión del Universo. Se ha criticado el gasto cada vez mayor que ha tenido el desarrollo de dicho telescopio: al principio, se había calculado que costaría 1.600 millones de dólares y se estimaba lanzarlo en 2011; actualmente está proyectado lanzarlo en 2018, y su presupuesto ha alcanzado 8.800 millones de dólares. Aunque seguramente muchos involucrados caerán en la falacia clásica del costo hundido, también muchos expresarán su deseo por ver qué será del James Webb cuando entre en funcionamiento; muy probablemente, parte de las causas por las que estos últimos tienen ese deseo es por el tiempo y recursos puestos en dicha empresa.

Modelo a escala real del James Webb

Esos deseos de ver una empresa terminada, como si fuera un hijo por el que nos sacrificamos, serán aceptables como razones dependiendo de variables del contexto, como la plausibilidad de las expectativas o si hay otras razones para no seguir la empresa en cuestión; pero es preferible diferenciar –hasta donde se pueda– tal razonamiento de los casos de costo hundido. Digo «hasta donde se pueda» porque si comienzas a indagar en este tipo de ejemplos, te darás cuenta de que a veces la línea es muy delgada.

En resumen, he planteado algunos casos en los que el costo pasado sí puede ser tomado en cuenta en el razonamiento. Específicamente, hablamos de los casos 2 y 3. Ambos tienen en común que el costo pasado tiene un efecto en los objetivos futuros. En cambio, en el caso 1 es racional el cálculo autoepistémico, pero ese cálculo va dirigido a diseñar una estrategia para que caigamos, nosotros mismos, en la falacia del costo hundido en un momento posterior. Por último, en el caso 4 el costo pasado es la causa de nuevas razones: el deseo de ver qué sucederá con cierta empresa cuando sea culminada. La racionalidad de ese deseo y su aceptabilidad como razón para nuestras decisiones dependen del contexto, pero, en principio, no es una instancia de la falacia del costo hundido. Sin embargo, en los casos en los que se mezclan intereses utilitarios y no utilitarios puede difuminarse la línea entre la falacia del costo hundido y los deseos de ver culminada la empresa.


No pretendo que los ejemplos que he puesto, ni mi análisis, sean las últimas palabras al respecto. Te animo a que brindes otros ejemplos de la falacia o de casos que no lo son, así como tu propia reflexión. De la discusión aprenderemos todos.   


GUÍA DE ARGUMENTOS – FALACIA DEL CRITERIO ABSOLUTO


La falacia del criterio absoluto puede verse como un tipo de falacia de la barba (ver aquí), sin embargo, tiene ciertas características que la hacen distinguible. Mientras que en la falacia de la barba se objeta que haya una distinción real entre lo que se ajusta a una definición y lo que no; en la falacia del criterio absoluto no se niega que exista una distinción, sino que se rechaza el criterio usado en la definición y, de manera implícita, se impone un criterio extremo. De manera que en la práctica la definición deja de tener utilidad.

Esquema de la falacia:

Suponiendo que se pueden distinguir los extremos de X y no X (por ejemplo, barba y no barba), y suponiendo la existencia de una definición D cuyo criterio 1 distingue los X de los no X.

Premisa 1: el criterio 1 de la definición D (que distingue los X de los que no son X) es vago o borroso
Conclusión: el criterio 1 debe ser cambiado por el criterio 2 (donde el criterio 2 solo permite distinguir casos extremos de X que en la práctica son casi imposibles que tengan lugar)

Pese a que una razón para cambiar los criterios de una definición es que esos criterios sean borrosos (aunque hay muchos casos en los que es inevitable que lo sean), la aceptación de una nueva definición depende de que sea una mejor definición, con mejores criterios. Cuando tiene lugar la falacia de criterio absoluto la conclusión (la nueva definición) no está bien fundamentada, pues la nueva definición es mucho peor que la rechazada, imposibilita en la práctica hacer una distinción útil y, por tanto, es un obstáculo para la discusión racional.


Por ejemplo, caemos en la falacia del criterio absoluto si, en rechazo de cierto criterio borroso, pero razonable, para distinguir entre calvo y no-calvo, imponemos una definición en la que ser calvo es igual a no tener ni un solo cabello. Esa distinción solo serviría para casos muy extremos, e implicaría que Homero Simpson no es calvo, porque tiene cuatro pelos en la cabeza.

Ejemplos y reflexiones en el blog:

- Falacia de la barba, criterios borrosos y argumentos en Venezuela (aquí)
- ¡Por las barbas de mi abuelo! por qué era difícil definir qué había en Venezuela… pero ya no tanto (aquí)

GUÍA DE ARGUMENTOS – FALACIA DE LA BARBA


La falacia de la barba o falacia del continuum está íntimamente ligada a los argumentos a partir de una definición (ver aquí). Supongamos que algo, A, ha sido clasificado como un X por alguna definición D; la falacia de la barba sucede cuando se objeta que haya una distinción real entre lo que se ajusta a la definición y lo que no, debido a que cierto criterio de dicha definición D es vago o borroso.

Esquema de la falacia:

Suponiendo que se pueden distinguir los extremos de X y no X (por ejemplo, barba y no barba), y suponiendo la existencia de una definición D cuyo criterio c distingue los X de los no X.

Premisa 1: el criterio c de la definición D (que distingue los X de los que no son X) es vago o borroso
Conclusión: no hay una distinción real entre lo que es un X y lo que no es un X

El error de la falacia reside en que el hecho de que seamos incapaces de hacer una distinción clara mediante el criterio c de la definición (premisa) no implica (es irrelevante para concluir) que realmente no haya diferencia entre los extremos (conclusión).

Por ejemplo, el hecho de que no se pueda hacer una distinción clara entre lo frío y lo caliente no quiere decir que no podamos fijar criterios (vagos) para distinguirlos, y tampoco implica que sea incorrecto catalogar una cacerola hirviendo como caliente. De igual manera, es falaz señalar que por cuanto los criterios entre calvo y no-calvo son borrosos, no hay diferencia entre el tío Lucas (tío Fétido) y el tío Cosa (el primo Eso) de la familia Adams, o que es falso que el tío Lucas pueda ser considerado calvo.

Ejemplos y reflexiones en el blog:

- Falacia de la barba, criterios borrosos y argumentos en Venezuela (aquí)
- ¡Por las barbas de mi abuelo! por qué era difícil definir qué había en Venezuela… pero ya no tanto (aquí)

FALACIA DEL COSTO HUNDIDO: LA FALACIA DEL INVERSIONISTA


Resumen: la falacia del costo hundido, también llamada falacia del costo irrecuperable o falacia del Concorde, tiene lugar, en el caso básico, cuando se decide continuar gastando en algo porque ya se ha gastado mucho en ello. Es una falacia de irrelevancia: la premisa (los costos pasados) no hace más aceptable la conclusión (la decisión).
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Hay una película llamada Gerry (dirigida por Gus Van Sant) en la que dos amigos (interpretados por Matt Damon y Casey Affleck), ambos de nombre Gerry, por descuido se internan en el desierto… y se pierden. Una de las escenas los muestra caminando desde y hacia la inmensidad del desierto, sin rastros de civilización, ni de la que dejaron ni de la que esperan encontrar. Imagínate en esa situación. Imagina que eres uno de los Gerry (digamos, Gerry A). Supongamos que luego de horas o días caminando en la misma dirección, con todas tus reservas de energía agotadas, le sugieres a Gerry B cambiar de dirección. Y Gerry B te responde «Gerry A, ya hemos gastado mucho esfuerzo y tiempo siguiendo por esta dirección, así que debemos continuar por ella». ¿Te parecería razonable el argumento de Gerry B?

El argumento de Gerry B es un tipo de falacia llamada la falacia de costo hundido o de costos irrecuperables. En la falacia de costo hundido (sunken cost fallacy, en inglés) el argumentante concluye que debe seguir realizando una acción A solo porque ya ha gastado muchos recursos (tiempo, dinero, energía, etc.) llevando a cabo dicha acción. En el caso básico, el esquema de la falacia puede reconstruirse de la siguiente manera:

Premisa: hemos gastado muchos recursos llevando a cabo la acción A
Conclusión: debemos (es preferible) seguir realizando la acción A

El argumento que brinda Gerry B en nuestro ejemplo es una instancia de la falacia:

Premisa: hemos gastado tiempo y energía caminando en esta dirección
Conclusión: debemos (es preferible) seguir caminando en esta dirección

La falacia del costo hundido es muy común en las negociaciones e inversiones, y de allí le viene el otro nombre por el que es conocida: falacia del Concorde. Al parecer, el proyecto del avión supersónico se mantuvo, en gran medida, porque Inglaterra y Francia habían gastado tanto dinero para sacarlo adelante que ninguno quería retroceder y aceptar que había sido un error. Y ese caso no es una excepción, los ejemplos abundan: ¿cuántos clubes deportivos siguen extendiéndole el contrato a un jugador porque ya han pagado una gran cantidad de dinero? ¿Cuántas personas no se sienten comprometidas con algo solo porque han gastado mucho para sacarlo adelante?

Para entender cuál es el error de la falacia del costo hundido construiré un pequeño modelo, no sin antes advertir que esta es una manera de verla, no la única posible. El siguiente gráfico está dividido en pasado (t1), futuro (t2 y t3) y 
presente. En un momento o en un lapso de tiempo pasado el sujeto x ha realizado un gasto (G1) con el objetivo de que en un momento o lapso futuro (t3) conseguirá algún objetivo (obj). Luego, en el momento presente, al sujeto se le presentan dos posibilidades: (1) continuar gastando recursos (G2) en el futuro (momento o lapso t2) para conseguir el objetivo inicial o (2) detener el gasto en t2 y tomar una vía alternativa en el que no se obtendrá el objetivo inicial.


Pongamos un ejemplo. Imagina que el día 1 le das 90 dólares a María, quien te promete devolvértelos el día 10. En el modelo, supongamos que estamos en el día 5, y que ese día María te pide 10 dólares más, que también promete devolverlos el día 10 (es decir, el día 10 te devolverá 100 dólares, los 90 previos más los 10 que te está pidiendo). En ese momento tienes dos alternativas, prestarle los 10 dólares o no seguir prestándole. Supongamos que estás seguro de que si no le prestas los 10 dólares extra, entonces no te pagará los 90 que te debía.


Nota que si tomas en cuenta los costos pasados (90 dólares), entonces (1) si gastas otros 10 dólares, María cumple su palabra y te devuelve los 100 dólares, se puede decir que has recuperado tu dinero. Desde ese punto de vista, tus costos no son irrecuperables. Como no has ganado nada, el resultado de ganancias es 0. En cambio, (2) si decides no prestarle los 10 dólares a María, solo tendrás pérdidas (-90 dólares). El modelo es el siguiente:


Por su parte, si no tomas en cuenta los costos pasados (los 90 dólares), (1) decides darle a María los 10 dólares y te devuelve 100 dólares, tus ganancias (contadas desde el momento actual, día 5) serán de 90 dólares (100 que te devolverá menos los diez dólares que le diste). Pero (2) si no le prestas los 10 dólares, no tendrás ni ganancias ni pérdidas (sin contar los 90 dólares previamente gastados). Mira el modelo:


¿Te das cuenta de un detalle importante? En ambos casos la decisión utilitaria (es decir, la que maximiza las ganancias –o minimiza las pérdidas–) es la misma: es preferible prestarle los 10 dólares a María. Pero lo más importante es que en ambos casos la diferencia proporcional entre los escenarios es idéntica: entre continuar gastando y dejar de hacerlo hay 90 dólares de diferencia, siempre a favor de la primera opción. Y este no es un caso aislado; siempre que se tomen en cuenta los resultados cuantificables de los escenarios alternativos verás el mismo fenómeno. Esto implica que es irrelevante tomar en cuenta los costos pasados para decidir sobre los gastos o inversiones futuras. En otras palabras, la premisa «hemos gastado muchos recursos llevando a cabo la acción A» es irrelevante para concluir que debemos (o que es preferible) seguir realizando la acción A. Pero esa premisa también es irrelevante para apoyar la conclusión contraria: que debemos dejar de realizar la acción A. Es interesante que aunque la falacia que estamos analizando es llamada de costo hundido o irrecuperable, en realidad lo esencial no es si los costos son recuperables o no. Estrictamente hablando, en el caso de María los costos son recuperables (ella promete devolverte todo lo que le has dado). Lo esencial en la falacia es que los costos sean pasados

Volviendo al caso de Gerry, le podemos replicar a Gerry b que es irrelevante el gasto de energía que ha tenido para decidir cuál dirección debe tomar. Por muy comprometido que se sienta con el camino actual, debería tomar en cuenta tanto los posibles resultados de seguir por ese mismo camino como los resultados de tomar alguna dirección alternativa. Claro, apenas nos pongamos a pensar nos daremos cuenta de que el caso de Gerry es extremo, porque los resultados de una u otra dirección son absolutamente desconocidos. En este caso es lo mismo (desde el punto de vista utilitario) seguir por uno u otro camino, pero, justamente por eso, es irrelevante el esfuerzo pasado para decidir qué hacer.

Ahora bien, ¿es siempre erróneo este razonamiento? ¿Es siempre tan simple? ¿Puede extenderse a todos los casos en los que no sean cuantificable los gastos o las ganancias? En realidad, cuando se revisa la bibliografía las cosas se hacen más complejas. Imagina este ejemplo (de Douglas Walton):

María compra una máquina de ejercicios que cuesta 2.000 dólares. Aunque ella no quisiera pagar tanto por una máquina, razona que si hace el gasto, entonces eso la obligará a hacer ejercicio, algo que cree que sería bueno para su estado de salud.


¿No has estado en una situación similar a la de María? ¿Es irracional en cualquier caso? En el próximo artículo de reflexión bosquejaremos una respuesta.